Marcela Duque | 06 de febrero de 2021
¿Por qué Arwen decide dejarlo todo? ¿Es el amor a Aragorn suficiente para renunciar a la inmortalidad y a su padre, a quien tanto quiere?
En un emocionante artículo sobre El Señor de los Anillos, Jesús Beades nos recuerda que la muerte es el gran tema que inspira la mitología tolkeniana. Es la clave, nos dice, «de por qué es tan penetrante, tan agridulce la despedida de la Comunidad del Anillo cuando se marchan de Lothlórien. O la historia de amor entre Aragorn y Arwen». Y, como hace unos días se ha despertado una viva discusión sobre el don de «tener hijos» (aquí y aquí), me he acordado de una escena del Retorno del Rey que ilustra bastante bien cómo no solo el amor, sino la fecundidad en el amor conquista la condena inexorable de la muerte. Es una escena de la película, ausente del libro, que no creo que ni los más fervientes seguidores de Tolkien desacrediten, pues nos regala uno de los momentos más emocionantes de la trilogía.
Peter Jackson escribió el guion de las tres películas junto a dos mujeres: Fran Walsh (la madre de sus dos hijos) y Phillipa Boyens. Una de las metas de Walsh y Boyens era fortalecer la presencia femenina en las películas, así que decidieron extender el romance entre Arwen y Aragorn a lo largo de la trilogía, sacando lustre a los detalles que Tolkien escondió, cual joya preciosísima, en la quinta parte del primer apéndice en el tercer libro.
El dilema principal del romance entre Arwen y Aragorn, como el de otros tantos amores en la literatura, es que es un amor imposible. ¿Qué puede ofrecerle el mortal Aragorn a la inmortal princesa elfa? «Allí no hay nada más que muerte» es lo que Elrond, su padre, le advierte tras una visión profética recreada en Las dos Torres. Aunque Sauron sea derrotado y Aragorn llegue a ser rey, eventualmente llegará la espada o la lenta erosión del tiempo y no habrá nada que pueda aliviar el dolor que sentirá Arwen por la muerte de Aragorn. Si decide casarse con Aragorn, Arwen debe desprenderse de su naturaleza inmortal y, con ella, de la comunidad beatífica con los suyos en las Tierras Imperecederas de los elfos.
En las magras páginas del apéndice, cuando Arwen le dice a Aragorn que se unirá a él y renunciará al Crepúsculo, allí donde yace «la tierra de mi gente y la ancestral morada de toda mi raza», Tolkien añade inmediatamente, sin solución de continuidad ni conjunciones adversativas, que Arwen amaba entrañablemente a su padre. Deja así apenas insinuado un dolor muy íntimo. Fran Walsh y Phillipa Boyens notan que algo falta en la escena: ¿por qué Arwen decide dejarlo todo? ¿Es el amor a Aragorn suficiente para renunciar a la inmortalidad y a su padre, a quien tanto quiere? Al fin y al cabo, hay quien renuncia a un amor por otros amores, por un compromiso ya adquirido, por obligación o piedad filial o, como bien se entendería en el universo de la Tierra Media, por puro amor a los suyos.
En un intento por dar respuesta a la pregunta de cómo Arwen decide irse con Aragorn, Walsh y Boyens escriben esa bellísima escena de El Retorno del Rey a la que me refería al principio: Arwen avanza a caballo por un bosque, acompañada de un séquito de elfos, hacia el puerto de Mithlond, donde la espera un barco que la llevará ya para siempre a Valinor, las Tierras Imperecederas. Allí en el bosque tiene una visión, semejante a la que había tenido su padre en Las dos Torres, pero esta vez es la visión de un niño, de unos cinco años, que corre a los brazos de Aragorn, ya un poco envejecido. El niño ríe cuando Aragorn lo alza en brazos y, después de que este lo besa, la mirada del niño se fija en Arwen. Es una mirada intensísima que se mueve de la madre al hijo, del hijo a la madre. El guion apunta que es una mirada silenciosa, llena de una tristeza infinita. Arwen entonces da vuelta atrás, galopando hacia Rivendell, para pedirle a su padre que le vuelva a contar la visión profética que había tenido sobre Aragorn. «Me asomé a tu futuro y vi muerte», le dice Elrond. Y Arwen le responde, casi suplicante: «También hay vida… Has visto a un niño, mi hijo».
El poder de la visión de Arwen, lo que la mueve definitivamente a dejar a los suyos, no es la sola imagen de la maternidad, como si el amor por un hijo fuera una razón de más peso que su amor por Aragorn. Es más bien que la visión de un hijo pone su amor por Aragorn en la dimensión justa, la plenitud, el alcance de lo que dicha unión promete. Incluso si dejamos de lado la inmortalidad en la otra vida, una cuestión de la que poco se dice en el universo de la Tierra Media, un hijo es la manifestación más patente de que la unión de una pareja no es un círculo cerrado, un perderse en los ojos de otro, sino una unión fecunda, creadora, sobreabundante. La encarnación de un amor que continúa en la vida de los hijos. No se tienen hijos para alcanzar una inmortalidad vicaria, como la que ha alcanzado Horacio con su poesía, por la que dijo aquel perenne non omnis moriar, pero en cada hijo se sigue perpetuando la sangre de todos los suyos y continúa así la tradición de la vida. Por eso son tan emocionantes los árboles genealógicos, esa imagen tan inmortal, donde la savia y la sangre son una misma cosa.
El dilema de Arwen, renunciar a su gente o a su amado, se disuelve ante la visión del pequeño Eldarion, literalmente el hijo de «Elda», que es la palabra que en élfico significa «elfo», como si a través de su hijo Arwen y su linaje fueran aún más de los suyos. Hasta los inmortales elfos ganan más vida en la vida de Eldarion, el nieto de Elrond y Celebrian, de Arathorn y Gilraen, heredero de Elendil e Isildur, hijo de todos los elfos.
El gigante Amazon Studios ha adquirido los derechos de El Señor de los Anillos para llevar la trilogía a la pequeña pantalla. Las series viven un gran momento y, si no se deforma la obra, puede ser un formato adecuado para ampliar el universo creado por Tolkien.
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