Carmen Sánchez Maillo | 21 de marzo de 2017
Al hombre contemporáneo se le sugiere desde su infancia que es posible tener una formación perfecta, encontrar a la pareja idónea, lograr un trabajo que colme nuestras aspiraciones y así en todo. La realidad, sin embargo, es más prosaica. El deseo de perfección tiene un elemento positivo si no es considerado como un absoluto al que llegar, sino como un estímulo más del proceso humano de maduración.
Cuando no se percibe así, este deseo con el tiempo se convierte en un lastre, una ocasión de ansiedad y un foco, último y persistente, de malestar. En las aspiraciones que los padres solemos proyectar hacia los hijos, suele producirse una traslación de este deseo a las expectativas que los padres tenemos sobre los hijos. Se trata de un error colosal, pero la dinámica del deseo de perfección no distingue, lo mismo sirve para las cosas que para las personas.
De alguna manera misteriosa pero certera, el niño Down, resulta la piedra de toque necesaria para abrir a una familia a la verdadera condición humana, que no es vivible sin el caudal de amor que ellos representan
La llegada de un niño con Síndrome de Down a una familia supone una avalancha de percepciones, de emociones encontradas pero, sobre todo, supone la irrupción de una realidad tan distinta a la habitual, tan distante de lo esperable que en el momento en que la familia acepta esta realidad se inocula, suavemente, el antídoto perfecto frente al deseo de perfección.
Se trata de un aterrizaje convulso en una realidad que requiere un tratamiento distinto al que el mundo contemporáneo parece exigir. Lentitud, suavidad y placidez comienzan con el tiempo a ser los ejes de las coordenadas de un espacio que existe y que habíamos olvidado en nuestro trato con la vida actual. El tempo de esas criaturas se obstina en recordar que la realidad es indomable, que hay modos que no se pueden asimilar a los patrones de una sociedad que no admite imperfecciones.
Ellos son el espejo más adecuado para aquellos considerados “normales”. Su peculiar encanto, su risueña condición, su obstinación infantil devuelven una imagen de humanidad purificada de aspiraciones
De pronto, ellos son el espejo más adecuado para aquellos considerados “normales”. Su peculiar encanto, su risueña condición, su obstinación infantil devuelven una imagen de humanidad purificada de aspiraciones, de deseos ocultos e insatisfechos y nos hacen ser más auténticamente humanos, falibles y necesitados de ayuda.
Una vez que se les ha dejado revelarse, que la familia ha anudado su destino al de esta criatura singular, se produce naturalmente, sin estridencias, uno de los regalos que su condición genera: el efecto bálsamo. Producido por su don natural para el cariño, por su renuencia por sangre al engaño, por su niñez intocada por el tiempo. Nadie permanece inmune a este caudal de bien suave.
Si alguien llega disgustado, su mirada esquiva y aniñada le cambia. Si alguien va a hablar fuerte, corrige el tono. Se produce un hechizo que suaviza la brusquedad y un contagio nebuloso de ternura se extiende a su alrededor. De alguna manera misteriosa pero certera, el niño Down resulta la piedra de toque necesaria para abrir a una familia, a la verdadera condición humana, que no es vivible sin el caudal de amor que ellos representan.