José Manuel Muñoz Puigcerver | 28 de febrero de 2017
El 28 de febrero de 2002, hace exactamente 15 años, la peseta dejaba de ser moneda de curso legal en España. Durante este período de tiempo, los españoles hemos aprendido a convivir con su sustituto, el euro, una moneda que, durante los primeros días de su circulación, nos causó una sensación similar a la que puede experimentar un turista que pasea por una ciudad extranjera y observa escaparates repletos de precios en una unidad que desconoce.
No debemos dejarnos llevar por la nostalgia ni dar por sentado el postulado según el cual “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No existen evidencias concretas de que acogiéndola de nuevo superásemos más fácilmente esta grave crisis
Sin embargo, como consecuencia de las diferentes circunstancias económicas por las que ha transitado el país en esta última década y media, el desconcierto inicial dio paso a la indignación por el famoso “redondeo” al alza de los precios, primero, y al desapego con la divisa europea, después. Tal es así que no pocas voces han clamado por una vuelta a la moneda patria, afirmando que con la peseta España hubiera podido salir mucho antes de la crisis e, incluso, en algunos casos, se ha llegado a culpar directamente al euro de la larga depresión económica sufrida. A pesar de todo, cabría plantearse si realmente los beneficios de retornar a la peseta superarían a los riesgos potenciales.
Qué duda cabe de que la gran ventaja de contar con una moneda propia consiste en la recuperación de una política económica tan relevante como la monetaria, retomando así el control sobre los tipos de interés que se aplican en la economía y sobre la liquidez que las autoridades monetarias pueden inyectar al mercado, restaurando la soberanía sobre las operaciones de mercado abierto y sobre la reserva legal de caja y, muy especialmente, recobrando la posibilidad de someter la moneda a devaluaciones que estimulen las exportaciones y frenen las importaciones para incentivar el crecimiento del PIB.
Sin ir más lejos, la propia peseta fue objeto de tres devaluaciones entre septiembre de 1992 y mayo de 1993 para tratar de frenar el envite de los mercados financieros en plena tormenta europea. Sin embargo, dada la imposibilidad de devaluación monetaria, la economía española se ha visto abocada a un proceso de devaluación interna, propiciando así una mayor competitividad en los mercados internacionales derivada del descenso en los costes laborales vía disminución de salarios. Esta es la causa de las actuales cifras récord de nuestras exportaciones, que están actuando como el verdadero motor del actual crecimiento económico en España en detrimento del consumo, debido a la incertidumbre y al propio descenso en los salarios antes comentado.
Ahora bien, frente a las opiniones críticas con el euro, debemos ser conscientes del otro lado de la balanza, es decir, de las consecuencias de volver a la peseta. En primer lugar, la desconfianza de los mercados ante la incertidumbre del nuevo escenario generaría tensiones sobre la moneda nacional a la baja, produciéndose casi con toda probabilidad una depreciación (de entre el 30% y el 40%, según algunas estimaciones) que, además de provocar una inflación casi inherente a la misma, encarecería las importaciones (lo cual supondría un serio problema para una economía tan dependiente de bienes energéticos inelásticos como el petróleo o el gas).
La gran ventaja de contar con una moneda propia consiste en la recuperación de la política monetaria, retomando el control sobre los tipos de interés que se aplican en la economía y sobre la liquidez que las autoridades pueden inyectar al mercado
En segundo lugar, nuestra deuda externa, tanto pública como privada (que actualmente se sitúa en el 250% del PIB), experimentaría un fuerte aumento, al tener que devolver esta en una moneda que vale menos. Finalmente, y como consecuencia del aumento de la deuda pública, se produciría un recrudecimiento del efecto crowding out, generando un incremento de los tipos de interés que perjudicaría gravemente la inversión y el consumo y que, a su vez, atraería capitales que provocarían una apreciación de la moneda, restando así impacto a la devaluación inicial y, por tanto, al aumento de las exportaciones y a la disminución de las importaciones.
En definitiva, no debemos dejarnos llevar por la nostalgia ni dar por sentado el postulado según el cual “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La peseta ha formado parte de la vida de los españoles durante 134 años y ha sido espectador de lujo de la historia reciente de nuestro país, quedando grabados en sus billetes y monedas la impronta de casi siglo y medio y siendo testigo de diversas épocas. Sin embargo, no existen evidencias concretas de que acogiéndola de nuevo superásemos más fácilmente esta grave crisis. La peseta permanece aún en nuestro recuerdo cada vez menos cercano, pero los costes de volver sobre nuestros pasos serían demasiado elevados.
Decisiones como la subida del salario mínimo interprofesional o el fin del diésel han provocado un incremento de costes laborales, superior al 20%, que acaban pagando los más débiles.