Antonio Olivié | 15 de abril de 2020
Esta crisis puede ser una ocasión para que las instituciones académicas católicas confirmen el testimonio de su propia identidad y misión como comunidad de fe y de caridad.
Roma (Italia) | Estos días en Roma he visto a sacerdotes que permanecen en la entrada de su parroquia, con las puertas abiertas; he visto a religiosas que reparten comida a los sintecho en el entorno del Vaticano; he grabado las imágenes de un comedor social atendido por una entidad religiosa. Son actitudes valientes, heroicas en tiempos de pandemia, pero que solo reflejan una parte muy reducida de la Iglesia. La Iglesia la forman millones de personas que, en estos días de crisis, ofrecen respuestas individuales o colectivas ejemplares.
Hace unos días, cuando los hospitales de Lombardía, la región más poblada del norte de Italia, estaban desbordados, pidieron ayuda. Necesitaban, al menos, 300 médicos voluntarios para colaborar en la emergencia. También allí se ha construido un hospital en el recinto ferial de Milán, similar al de IFEMA en Madrid, y necesitaban más profesionales. Ante esa llamada a jugarse la vida con un virus poco conocido, en menos de 24 horas se presentaron más de 7.000 voluntarios.
¿Cómo es posible que haya tantas personas en Italia dispuestas a dar su vida por los demás? ¿Lo hacían por dinero? En un entorno difícil, en el que también ha habido profesionales sanitarios que se han declarado de baja por miedo al contagio, muchas personas no estaban dispuestas a trabajar ni por el doble de su sueldo. ¿Por qué se mantiene ese espíritu de servicio? El hecho de que estemos en un país católico, donde también la secularización ha hecho estragos en toda la sociedad, nos da una pista.
En Italia, hay un 86% de estudiantes que opta por la asignatura de Religión Católica en la escuela. En España, el porcentaje es más reducido, de un 62%, pero sigue siendo mayoritario en la sociedad. Algo tendrá que ver el mayoritario seguimiento de una enseñanza que insiste en el amar al prójimo por encima de uno mismo, que pone en primer lugar la caridad. Puede que muchos jóvenes no recuerden o no hayan entendido bien otros mandamientos del Decálogo, pero el valor del servicio al prójimo permanece. Y por lo que vemos en otros entornos, está claro que no es algo ‘natural’, espontáneo.
Al margen de ese tiempo de Religión Católica en la escuela, en Italia también tiene una gran importancia la catequesis parroquial en los llamados ‘oratorios’, así como la formación de adultos en universidades, movimientos como Comunión y Liberación, los Focolares, las Comunidades Neocatecumenales o la prelatura del Opus Dei y tantas otras realidades católicas. Miles de laicos, con plena conciencia de ser una parte importante de la Iglesia, que en muchas ocasiones permanece oculta, porque la enfermera católica, madre de familia, no muestra la medalla que lleva en el pecho, ni se vanagloria de vivir la caridad.
El valor del servicio, la humanidad, la solidaridad son asignaturas que se aprenden de niño. Y son materias que la Iglesia no deja de recordar en su tarea educativa. Es el momento de reivindicarlo y de insistir en ello. Es la hora de valorar la labor formativa de tantas iniciativas laicas, como la ACdP en España, o de órdenes religiosas dedicadas de lleno a la educación.
No apreciar la influencia de toda esa labor educativa en la respuesta de miles de laicos católicos es como ver los ríos llenos de agua y despreciar la nieve que cubría las montañas unas semanas antes, como si fueran realidades desconectadas.
En un mundo en el que estábamos acostumbrados a protocolos, programas predefinidos y seguridad, el coronavirus ha hecho saltar por el aire esos esquemas y ha dejado a la persona singular ante un dilema. El dilema que han afrontado miles de personas dispuestas a realizar servicios para sus vecinos ancianos, sin que nadie los recompense; el dilema de quienes han puesto por encima el bien común de su propia salud o seguridad; el dilema de quienes han decidido abrir sus puertas al otro en vez de encerrarse en su comodidad.
El cardenal Versaldi, prefecto de la Congregación para la Educación Católica, afirmaba hace unos días que “esta crisis puede llegar a ser una ocasión para que las instituciones académicas católicas en todo el mundo confirmen el testimonio de la propia identidad y misión como comunidad de fe y de caridad”. Se trata de un momento histórico, en el que hacer apreciar la importancia de los valores espirituales y éticos es fundamental. Si esta crisis sirve para que las nuevas generaciones aprendan a descubrir lo que de verdad importa, algo habremos ganado.
Una oportunidad para que la educación católica refuerce su tarea de promover que los jóvenes sepan “mirar (como decía el papa Francisco) a los verdaderos héroes, que en estos días salen a la luz. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino los que se dan a sí mismos para servir a los demás”.
El confinamiento por el coronavirus ha vaciado los templos, al tiempo que surgen multitud de iniciativas que llevan a las redes sociales el día a día de la Iglesia.
Viviremos, en la intimidad doméstica, la Semana Santa de una manera sabática, en silencio y soledad “monástica”.