Miguel Serrano | 04 de abril de 2018
Warhol. El arte mecánico
CaixaForumPaseo del Prado, 36. MadridHasta el 6 de mayo de 2018Entrada general: 4 € Menores de 16 años gratisDe lunes a domingo, de 10:00 a 20:00 h.Sitio webAndy Warhol (1928-1987) es una figura extraña. Personaje polémico como pocos, lleno de contradicciones, supo leer como nadie los cambios que estaba atravesando la sociedad occidental en los años sesenta, y marcó un antes y un después en el arte. Se convirtió, además de en uno de los artistas más prestigiosos del momento, en un auténtico icono popular. La exposición Warhol. El arte mecánico, que ofrece ahora CaixaForum Madrid después de su paso por Barcelona, muestra una amplia retrospectiva de este visionario (para bien o para mal).
En la década de los sesenta, cuando Warhol comenzó a desarrollar su obra y a triunfar con ella, tuvo lugar la gran explosión del consumo de masas, el momento en que se instaló definitivamente el consumismo en Estados Unidos (y, por tanto, en todo Occidente). Son los años más brillantes del “sueño americano”, y Andy Warhol, que desde joven sintió un interés fortísimo por el comercio y la publicidad, aprovechó el filón que la publicidad le ofrecía. Rápidamente adquirió notoriedad por los carteles que realizaba y empezó un ascenso imparable hacia la cumbre de la fama. Fundó, junto a Roy Lichtenstein, Robert Rauschenberg y otros, el llamado pop art, inspirado en la estética de la vida contemporánea, con los encantos de la publicidad y las grandes marcas.
La muerte y el desastre adoptaron expresiones diversas en la obra de Warhol, pero a menudo aparecían en forma de retratos. A principios de los sesenta, la mayoría de personas que Warhol pintaba eran figuras como Marilyn Monroe, Jackie Kennedy y Elizabeth Taylor#WarholCaixaForum pic.twitter.com/pxvY5dHDLD
— CaixaForum (@CaixaForum) March 19, 2018
Estaba firmemente convencido de que el arte podía y debía ser mecánico, y que el aspecto artesanal podía ser eliminado. Atrás había quedado el tiempo en que el artista trabajaba con sus propias manos en un largo y duro proceso: la tecnología le brindaba la posibilidad de elaborar muchas obras de un modo rápido y sencillo, y lucrarse sin apenas esfuerzo. Diseñó el método de la serigrafía aplicado al arte: cogía una imagen de un icono pop, como Elvis Presley o Marilyn Monroe, y encargaba que la imprimieran en diversos colores. Así creó sus famosas series, que luego se vendían a precios desorbitados. Admiraba de tal modo este trabajo mecánico que llegó a expresar varias veces su deseo de ser él mismo una máquina.
Su interés, en este sentido, era deshumanizar por completo el arte, borrar todo rastro de la mano de un artista, reduciendo sus obras a marcas comerciales, a simples objetos elaborados de forma mecánica por sus propios asistentes en su estudio, la Factory (no deja de ser revelador el propio nombre, ‘fábrica’ en inglés). El debate que abrió acerca de la autoría aún colea en nuestros días: ¿quién es el autor de la obra, el que la idea (Andy Warhol) o el que la produce (los asistentes)?
No estoy seguro, realmente, de si en verdad su extrovertida y polémica figura era una realidad o un simple personaje. Organizó y apadrinó todo tipo de orgías y actos escandalosos, sus obras eran provocadoras e irreverentes, y su estilo de vida claramente inmoral. Sin embargo, nunca dejó de lado sus creencias religiosas (era miembro de la Iglesia católica bizantina rutena), firmemente arraigadas desde su infancia, y, tal y como reconoció el sacerdote que lo enterró, no dejó de asistir ni un solo día a misa (en algunos de sus trabajos, de hecho, se puede apreciar influencia del arte bizantino, como en la Gold Marilyn, que se encuentra en la exposición), si bien relegó siempre su religiosidad a la esfera privada.
Más allá de esto, surge, al visitar la exposición, la pregunta acerca de si es lícito considerar a Andy Warhol como un artista propiamente dicho. Es cierto, como he dicho ya, que fue un auténtico visionario, un hombre que se adelantó a su tiempo y consiguió implantar sus ideas, construyendo un modelo que sería ampliamente imitado a lo largo del tiempo. Nunca lo ocultó realmente. En una de sus numerosas frases polémicas, afirmó que “el arte comercial es mejor que el arte por el arte”. Sabía lo que quería, eso está claro. Era un hombre profundamente marcado por el deseo desmedido hacia la fama. Desde muy joven quiso ser famoso, y lo consiguió conociendo a la perfección el mundo en el que vivía. Sentía una verdadera pasión por el dinero (como todo americano del momento, y, en el fondo, como casi todo ser humano), y, al igual que Salvador Dalí (con quien, de hecho, mantuvo una buena relación), no lo ocultaba. No hay ninguna ideología en su obra, y si alguna vez trabajó con figuras como el Che o Mao (esta última presente en la exposición), fue simplemente porque eran figuras ampliamente reconocibles. No deja de ser paradójico, de hecho, que convirtiera estos iconos de la ideología comunista en obras de consumo masivo, el mayor reflejo del triunfo del capitalismo.
Sin embargo, sus obras no dejan de ser una simple anécdota, una colección de curiosidades, de elementos divertidos y entretenidos. Las obras de Warhol no son desagradables a la vista. Es más, en muchos casos son verdaderamente disfrutables, pero no tienen comparación posible con las obras de los verdaderos artistas. Warhol es, en este sentido, un impostor. El verdadero arte debe suscitar una emoción, debe ser algo que surja por la necesidad del artista de expresar algo y que genere una reacción en quien lo contempla. El “arte” de Warhol, como el pop art en general, no deja de ser un simple divertimento frío, que funciona indudablemente como elemento decorativo, pero dudo, sinceramente, que pueda generar ningún sentimiento en nadie. Ni falta que le hacía al estadounidense.
La exposición no pasa por alto otras facetas artísticas de Andy Warhol, como su breve incursión por el cine experimental (son muy interesantes en este sentido los Screen Test, los vídeos de cinco minutos en los que intentaba captar la personalidad del grabado, como Bob Dylan o el mismo Dalí), o su producción musical, apadrinando al grupo Velvet Underground.
Warhol. El arte mecánico, en suma, es bastante interesante, muy reveladora y permite hacernos una imagen bastante completa de la figura de Andy Warhol, clave en el arte de la segunda mitad del siglo XX, y de las amplísimas repercusiones que ha tenido en la cultura popular occidental; un hombre que tenía muy claro lo que quería y no paró hasta conseguirlo, que, siendo consciente de que “en el futuro todo hombre dispondrá de quince minutos de fama”, quiso aprovecharlos al máximo. Porque, como dijo también él, “lo importante no es vivir para siempre, sino crear algo que sí lo haga”. Y eso sí lo consiguió.