Juan Orellana | 17 de noviembre de 2017
Una razón para vivir. Nos llega una película complicada. Algunos la han tildado de dulzona y bonhómica; otros, de defensora de la eutanasia. Pero creemos que es más dramática de lo que parece y menos pro-eutanasia de lo que dicen. En cualquier caso, merece la pena batirse el cobre con este biopic que nos cuenta la historia real de Robin (Andrew Garfield), que en los años cincuenta era un joven atractivo, brillante y aventurero. Su vida y pasión giraba en torno a su novia, Diana (Claire Foy), de la que estaba profundamente enamorado. Se casa con ella y, al poco de dejarla embarazada, su existencia da un giro drástico cuando contrae el virus de la polio.
Una razón para vivir va desgranando los principales episodios de la vida de ese matrimonio que, obviamente, coinciden con los diversos hitos de la enfermedad de Robin. Él se rebela a la costumbre de la época, que era dejar morir a los paralíticos en hospitales concebidos para eso. Y acaba inventando, con ayuda de sus amigos, una silla-camilla que permite llevar un respirador eléctrico con cierta autonomía de varias horas. De esta forma, Robin y su familia van a comenzar a viajar, a salir y a disfrutar de una vida mucho más normal. Pero con el paso de los años, el cuerpo empieza a dar señales de un deterioro irreversible. El factor común a todos los avatares de nada fácil existencia de Robin es Diana, que da la vida literalmente por él, minuto a minuto, contenta, llena de amor y de convicción vocacional. En este sentido, el film nos recuerda a La teoría del todo, que describía la relación de Stephen Hawking con su primera mujer. Pero también el hijo de Robin aprende la alegría y el coraje de vivir. Ciertamente parece ausente la pregunta religiosa -a diferencia de la película citada-, pero es indudable que el protagonista percibe el bien del don de la vida, del amor, de la familia y los amigos, y vive con una gran sonrisa, agradecido por ello.
Robin tiene toda la vida por delante cuando sufre una parálisis.
— Diamond Films España (@DiamondFilmsES) October 31, 2017
Basada en hechos reales, ¡#UnaRazónParaVivir llega el 17 de noviembre! pic.twitter.com/sL6SU5bvEN
Quizá por todo ello podríamos decir que estamos ante una película “incómoda”, que nos lleva de la mano por un viaje maravilloso para vendernos finalmente una solución inmoral. Eso supondría -como adelanté más arriba- interpretar toda la película en clave ideológica y concluir que la motivación principal del director o productor es hacer un alegato pro-eutanasia. Sin duda, es una posibilidad. Pero hay otra. Interpretarla como un homenaje de agradecimiento del productor (Jonathan Cavendish) a su padre, Robin, el protagonista del film. Agradecimiento por todo su esfuerzo por vivir, por tratar de hacer feliz a su mujer y a su hijo, por luchar incansablemente para disfrutar de la vida y hacer que los demás también la disfrutaran. En el film está tan presente esta positividad que hemos optado por esta segunda hipótesis, sin ser ingenuos sobre la decisión final del personaje que responde, sin duda, a la mentalidad contemporánea -yo decido cuándo vivo y cuándo dejo de hacerlo-.
Desde el punto de vista formal, la interpretación de Andrew Garfield en Una razón para vivir bien podría valerle una nominación al Oscar, pero no menos que la que merece Claire Foy por su trabajo. La película puede parecerles a algunos sentimental, pastelosa y facilona, con escasa profundización dramática en los personajes. Lo cierto es que se nota que es la opera prima del actor Andy Serkis (el famoso Gollum de El señor de los Anillos), pero insistimos en que tiene muchas cosas valiosas en su interior. Démosle una oportunidad.