José Carlos Rodríguez | 19 de mayo de 2017
La última Encuesta de Población Activa, que recoge la situación laboral hasta el mes de marzo, ha sido objeto de los retorcimientos e incomprensiones en los que se han especializado políticos y periodistas. Si ya era complicado ver en ese informe una mala noticia, los datos de paro registrado del mes de abril eran tan positivos que incluso le obligaron a Pepa Bueno a pronunciar estas palabras: “Tenemos que decir que estos datos son buenos”.
La mejora en la situación económica ha convertido la lista de críticas a la situación laboral en una lista de “peros” que, con el tiempo, se ha ido haciendo más exigua. Mas hay uno que se mantiene, y que preveo que es el único que sobrevivirá a una bomba nuclear de empleo: la temporalidad de los contratos.
▶️ @MarianoRajoy "A pesar de los buenos datos de #empleo: autocomplacencia ninguna" #GranCanariaEsMas pic.twitter.com/CJIfugDiFo
— Partido Popular ?? (@populares) May 5, 2017
La seguridad en el empleo es muy importante; permite hacer planes vitales a más largo plazo y suele venir acompañada de una mejor remuneración. Pero para apreciar la situación, primero tenemos que reflejar lo que dicen los datos y luego tenemos que entender cómo ha cambiado el mercado y cómo es la nueva temporalidad y la nueva seguridad laboral.
Los datos nos los da la última EPA: Los asalariados aumentaron en el último año en 405.600 personas, de los cuales casi la mitad, 195.600 es empleo indefinido. De los que están trabajando, tienen un contrato temporal el 25,75 por ciento, con lo que el 74,25 restante tiene un contrato indefinido. De todos los males que aún aquejan a nuestro mercado laboral, seguramente el principal es el 18,75 por ciento de personas que buscan trabajo y no lo encuentran, y no la temporalidad de quienes sí lo tienen.
Más importante que ello es entender dónde está y dónde no está la seguridad en el trabajo. Vivimos en una nueva realidad que desde los Estados Unidos (cómo no), se llama “the gig economy”, un nuevo rompecabezas para los traductores. “Gig” es un “bolo”, un trabajo en directo, sobre un escenario, una labor personal, intensa, durante un tiempo limitado y en un contexto de cambio constante. Y es cierto que hay una realidad, vinculada a la nueva economía, que responde a este título intraducible.
Si tenemos que dar una definición más académica sería: la economía gig está caracterizada por que prevalecen los contratos a corto plazo, vinculados a proyectos y que desaparecen con ellos; un mercado laboral de free lance. Una economía cuya contraimagen es la de la generación que se está jubilando, para quienes el tiempo de servicio a la empresa se cuenta por décadas y tienen sentido expresiones como “quinquenios”.
El comienzo del pasado siglo estuvo marcado por el tamaño de las empresas. Las economías de escala de las grandes empresas, su acceso a la tecnología, vedada para empresas más pequeñas, su capacidad para escabullirse de la voracidad de Hacienda o para llegar a acuerdos con las empresas del sector sobre una mesa de caoba, todo ello les da una preeminencia que llevará a una economía dual entre grandes corporaciones con un enorme poder y el resto simplemente luchando por sobrevivir.
El comienzo de este siglo está marcado por el tamaño de las empresas. Las tecnologías de la información son potentes y baratas. El tamaño ya no es una ventaja, puede ser un lastre ahora, cuando lo que importa es la velocidad de cambio. Los libros sobre organización interna valen para subirse y ayudarse a alcanzar las galletas. Las fintech hunden a los bancos. Los grandes periódicos miran absortos a los nuevos medios. Y llamamos start ups a empresas muy pequeñas con espíritus muy grandes. En esta nueva estructura económica, más global, más rápida y más atomizada, los trabajos eventuales adquieren una gran relevancia.
No se trata solo de que los medios digitales hagan más fácil el contacto entre trabajadores free lance y sus clientes. También facilitan el contacto de los nuevos artesanos, los ‘makers’, con sus clientes, o permiten un micro alquiler como Airbnb. Thomas Piketty ha llegado un siglo y medio tarde con su mensaje de que el crecimiento procede de las grandes concentraciones de capital, en el libro que lleva precisamente ese nombre, “Capital”, y que añade “en el siglo XXI” para intentar desmentir que es del XIX.
¿Vamos hacia un mercado más inseguro? Como en tantas cosas, no hay que confundir una tendencia del momento, por muy fuerte que sea, con un futuro inmediato marcado exclusivamente por ella. Como en el mercado de muebles, convivirán lo nuevo con lo viejo. Lo que sí ha cambiado es el concepto de seguridad. Ya no viene de un contrato con la palabra “indefinido”, sino de la confianza en el valor del propio trabajo o de la propia empresa, en un mundo cambiante.
Decisiones como la subida del salario mínimo interprofesional o el fin del diésel han provocado un incremento de costes laborales, superior al 20%, que acaban pagando los más débiles.