Bieito Rubido | 19 de febrero de 2021
El vicepresidente del Gobierno y portavoces de su partido llevan días apoyando la violencia callejera y antisistema. No son demócratas, no creen en la democracia.
Cada día que pasa, a algún político mediocre se le ocurre una nueva formar de coartar nuestra libertad. Lo políticamente correcto nos está haciendo menos libres. Por eso hay que decir «nietos y nietas» o aceptar la Ley Trans de Montero, cuando no comulgar con ruedas de molino de la Ley Celaá o la de la eutanasia. Este es el Gobierno, desde que hay democracia en 1977, que más tics autoritarios y dictatoriales evidencia. Sin entrar en la inoperancia de Sánchez, cuyas vacunas estamos esperando, según lo que explicó Pilariña Cancela, lo más grave ahora mismo es que el vicepresidente de ese Ejecutivo, Pablo Manuel Iglesias Turrión, y portavoces de su partido llevan días apoyando la violencia callejera y antisistema. Estos son los que se hacían cruces con Donald Trump, los que criticaban su supuesta incitación a la toma del Capitolio en Washington. Ellos pueden cercar el Parlamento autonómico de Cataluña, rodear el Congreso, emocionarse cuando les pegan a los policías en acto de servicio y defender al presunto artista que pide «matar esta noche a un guardia civil». ¿Saben por qué son así? ¿Conocen su talón de Aquiles? Muy sencillo: no son demócratas, no creen en la democracia. Lo han dicho en muchísimas ocasiones. Ellos prefieren Cuba, Venezuela e Irán. La única diferencia es que la libertad de este país, todavía democrático, les permite decir lo que dicen y hasta llegar al Parlamento y gobernar. En otros regímenes seguramente no podrían, salvo en sus admiradas dictaduras, donde tal vez fuesen ellos los dictadores. O tal vez no.
Aquí se puede discrepar y hasta criticar al Gobierno, como ahora mismo hago yo en esta columna. En la Cuba comunista, hace la friolera de sesenta y dos años que, si te atreves a decir algo contra el régimen, te encarcelan y después ya no se sabe nada de ti. Pablo Hasél o Rivadulla Duro –que al parecer es como se apellida— en Cuba hace mucho tiempo que estaría en la cárcel por pedir que matasen a un policía o a un fiscal del régimen. Esa es la diferencia. Pero mientras, los más incautos, prefieren perder libertad a cambio de una subvención que la experiencia dice que siempre termina agotándose.
La página más horrible y criminal del siglo pasado, además del nazismo, fue el comunismo. Dobló en número de asesinatos al genocidio nazi. A ver si los profesores de instituto se atreven a enseñar la verdad a los niños, a quienes, como siempre, una de las dos Españas les helará el corazón.
Desprenderse de Génova es como renunciar a ese acervo histórico que el centroderecha depositó en manos de Casado. Es aceptar la doble vara de medir y la hemiplejia moral que tanto lastra a la sociedad española.
Se equivocan quienes tratan de extrapolar los resultados del domingo al resto de España, pues nada tiene que ver con el caótico comportamiento político y electoral de Cataluña.