Bieito Rubido | 22 de febrero de 2021
Sánchez, sentado en la cresta de la curva de soberbia, sigue viendo cómo sus socios de extrema izquierda levantan hogueras en las calles, alientan la violencia y el humo ciega los ojos de la ciudadanos.
Pablo Iglesias, sobrevalorado como tantos otros protagonistas de la actualidad política española, está a lo suyo. Se dedica a la agitación y lo que menos le interesa es la gestión. Su incapacidad para ello es manifiesta. Nada que no supiésemos desde el principio. El culpable, sin embargo, del momento que ahora mismo vive España, es Pedro Sánchez. Conviene no desvirtuar el análisis. A Sánchez le viene bien la cortina de humo que se ha levantado con los comportamientos de barbarie de grupos de jóvenes a los que alienta la extrema izquierda de Podemos. Es fundamental hablar con claridad en esta materia. Un país entero, de 47 millones de habitantes, está secuestrado y atónito ante el comportamiento de una minoría violenta a la que le sirve cualquier disculpa, incluidas las excrecencias intelectuales y violentas de un tal Hasél, apellidado en realidad Rivadulla.
La crisis económica que se deriva de la covid está tomando proporciones inquietantes, pero los medios de comunicación, salvo alguna excepción, están hurtando a la opinión pública las penalidades que algunos están sufriendo. Cada día el Estado español se endeuda en más de 300 millones de euros. Cada día, tomen nota del dato. Mientras, las organizaciones benéficas del país reconocen estar superadas, con colas del hambre como no se recuerdan. De cada cinco empresas ha cerrado una. Los jóvenes no parecen tener horizonte laboral y los mayores de cincuenta años han perdido toda esperanza de volver a trabajar. Los muertos de la covid se acercan a los cien mil y las vacunas llegan con especial retraso. Parece que nadie quiere contar esa historia. Pero es la realidad, es nuestro día a día. Es lo que ahora mismo, mientras usted lee, está ocurriendo en su país, en su ciudad, en su calle.
Sánchez, sentado en la cresta de la curva de soberbia, sigue viendo cómo sus socios de extrema izquierda levantan hogueras en las calles, alientan la violencia y el humo ciega los ojos de la ciudadanos. Él es el culpable. Lo es porque ocupa el cargo de mayor responsabilidad en el esquema de poder democrático de nuestro país. Su liderazgo es el más débil que recordamos, por eso se envuelve de autoritarismo y de trucos, lo evidencia su incapacidad para asumir su responsabilidad y darle un mensaje claro a la ciudadanía española que contempla estupefacta lo que está ocurriendo en los últimos tiempos en España. Se equivoca, cree que de esta manera él será el moderado frente al extremista Iglesias Turrión. Se equivoca. Esa cobardía tendrá un precio.
El vicepresidente del Gobierno y portavoces de su partido llevan días apoyando la violencia callejera y antisistema. No son demócratas, no creen en la democracia.
Desprenderse de Génova es como renunciar a ese acervo histórico que el centroderecha depositó en manos de Casado. Es aceptar la doble vara de medir y la hemiplejia moral que tanto lastra a la sociedad española.