Jaime García-Máiquez | 22 de mayo de 2020
El esfuerzo de «virtualización» ha sido un remedio a la COVID-19. Hagamos posible que ahora sean las obras de los museos las que visiten «de alguna forma» a su público.
A comienzos de esta semana, el 18 de mayo, se ha celebrado el más extraño Día Internacional de los Museos que podría imaginarse. No solo todos los grandes museos del mundo estaban cerrados (a España le va mal si el Prado cierra, es una especie de ley de gravedad hispánica), sino que se han convertido en el punto de mira de aquellas instituciones que más van a sufrir tras la pandemia.
La Unesco teme que el 13 % no reabra, y los demás se verán obligados de momento a una limitación severa de público (acceso individual o de núcleos «familiares»), recorridos unidireccionales, reducción de aforo en conferencias, anulación de eventos. Y esto unido a la crisis del turismo. Va a ser muy duro. Grandes museos están perdiendo una media semanal de medio millón de euros. El MoMA de Nueva York ha despedido ipso facto a todos los autónomos vinculados con los Programas de Educación.
La crisis pasará, pero ya se habrán tomado medidas sin vuelta a atrás, y lo más grave es que en situaciones similares que pudieran volver a repetirse se aplicarán decisiones definitivamente drásticas.
Los museos son «una institución que nació del saqueo laico y republicano de los bienes de la monarquía y de la iglesia del Antiguo Régimen», como Bea Espejo ha tenido la gentileza de recordarnos hace unos días en el periódico El País –ese ejemplo magnánimo de imparcialidad política- que resurge en el siglo XVIII (malo) tras la Revolución Francesa (peor), con la vocación de lograr una educación universal (entiéndase por universal lo particular de ellos). En definitiva, una «institución caníbal», como define exagerando María Bolaños el hambre de nuevas piezas, de ampliar espacios, de más visitantes, y que se yergue en ese lugar común de aprendizaje, de refugio espiritual, de ensimismamiento, espacio en definitiva de «certezas» para la historia del arte.
A mí, parafraseando a Paul Valéry, que opinaba lo contrario, me gustan los museos, me entusiasman: tras cruzar el umbral del Paraíso, no me extrañaría encontrarme con una Isla de los museos, mucho mayor y espléndida que esa joya oscura en el centro de Berlín, repleta de iglesias católicas abiertas 24 H.
El museo es un lugar de encuentro «carnal» con el arte, con obras que en algunos casos son una parte íntima de nuestra biografía. En sus laberintos todo tiene un encanto singular: el trasiego «de estación de tren» de los alrededores del edificio, la entrada expectante y ansiosa, las pinturas imponentes en un desorden exacto, el paisaje humano de los lentos pasillos, ese tono de voz en las salas… como de antes de empezar la misa, las tribus de turistas despistados o, de pronto, la bata blanca de un restaurador que pasa…
Si desde su creación los museos fueron lugar «sagrado» de exposición de obras de arte, donde la función principal era la de investigar y publicar, a partir de los años 70 del siglo XX el número de visitantes y de exposiciones se disparó hasta límites escandalosos. Las piezas se intercambian entre instituciones, igual que unos cromos, o se «alquilan» por cantidades millonarias. Era una situación difícil de parar. La sociedad de consumo exige ese espectáculo, diría que lo necesita, y su consumo genera justamente los beneficios para su extraordinario mantenimiento, para la adquisición de obras maestras o para desarrollar nuevas líneas de investigación científica.
Recuerdo cenar en casa del conservador del Prado Juan José Luna, que acaba de fallecer probablemente por COVID-19, junto con el director del Metropolitan de Nueva York, Philippe de Montebello. Se quejaba de ese problema con una aristocracia de lo más parisina, la misma que le hizo escribir más tarde (El Museo: hoy y mañana. Madrid, 2010, p.21): «He insistido sobre esto ante los miembros del Patronato [del MET] muchísimas veces, pero en general no se han dejado convencer, quizá entre otras cosas porque mis propias acciones desmentían sistemáticamente mis palabras…». Quizá era por eso.
Esta pandemia ha conseguido eliminar de golpe las aglomeraciones de público en el Louvre o los Museos Vaticanos, y frenar en seco la vorágine de exposiciones temporales, que desde hace ya décadas se estaban celebrando en lugares tan inapropiados como casinos de Las Vegas o las últimas plantas de los grandes almacenes de Japón (Montebello 2010, p. 24), pero ¿por cuánto tiempo? No creo que profetice nada si digo que los museos inevitablemente intentarán volver al sistema anterior, que tantos beneficios ha dado.
Con todo, hay una pregunta mucho más profunda: ¿es esa la mejor manera que tienen los museos de dar a conocer su colección? Exposiciones multitudinarias, catálogos densos y extensos que se leen todavía menos que las cartelas de sala, conferencias eruditas… Son propuestas en el fondo para un público que el museo no ve y del que no espera ningún tipo de respuesta.
El tiempo medio que un visitante se pasa delante de una obra de arte es de 3 segundos, según la American Association of Museums, que aumenta a una media de 17 seg. al tratarse de obras maestras, según otro estudio realizado en 2017 en el Metropolitan de Nueva York. Sin profundizar en el tema más que 3 seg., esto quiere decir que el público va desinformado al museo, a echar un vistazo, como a una cita a ciegas con el arte.
El esfuerzo de «virtualización» ha sido un remedio a la COVID-19, pero creo que podría ser un buen instrumento contra la banalización de la cultura de la que estamos hablando. Se está trabajando mucho en este terreno. Las visitas a las página webs de algunos museos han aumentado en un 300 %, lo que se ha celebrado con alborozo y complacencia; a mí me parece que con un planeta encerrado en casa es un aumento extraordinariamente pobre.
Ninguna experiencia digital sustituye ese encuentro emocionado con las obras de arteMiguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao
Hay que introducir la costumbre de visitas virtuales de calidad a los museos en cuanto a información e imagen, y los museos se verán rápidamente enriquecidos de un público, a su vez, de mayor calidad. La llegada de la música grabada en su día o la «colgada» en internet ahora no ha reducido ni el valor ni la demanda de la música en directo, sino que se han beneficiado recíprocamente. Decía hace unos pocos días Miguel Zugaza, director actual del Museo de Bellas Artes de Bilbao, que «ninguna experiencia digital sustituye ese encuentro emocionado con las obras de arte». Totalmente de acuerdo, pero no consiste en sustituirlo sino en propiciarlo, y hacer que ese encuentro sea memorable.
El público ha venido durante dos siglos a ver las obras maestras al museo, con un instinto de necesidad que habla mucho a favor de la dignidad de la especie humana. Pues ya existen los medios técnicos para que hagamos posible que ahora sean las obras las que también visiten «de alguna forma» a su público. A veces incluso con una mayor eficacia estética de la que se podría lograr con un encuentro directo, entre una multitud de fans, rodeado de ruidos impertinentes, con un cristal de seguridad entrometido y a cinco o diez metros de distancia.
La tecnología está encarnando con desconcertante exactitud aquella profecía que esbozó Paul Valéry en La conquista de la ubicuidad: llegará el día en que «un Tiziano que está en Madrid venga a pintarse en el muro de nuestro cuarto con la misma fuerza y verosimilitud con las que recibimos una sinfonía».
Hay que seguir trabajando por el milagro del don de la ubicuidad. No se logrará plenamente, pero el roce hace el cariño: y el nuevo visitante llegaría a un museo más íntimo con una mayor sensibilidad histórica y artística para apreciar el aura que desprenden las obras, para sentir el alma del artista brotando –no se sabe cómo- de la materia inerte.
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