Armando Pego | 21 de febrero de 2021
Tras haber erosionado hasta su práctica demolición la figura paterna, ahora empieza la batalla final en la deconstrucción de la maternidad.
En las últimas semanas, se ha debatido la penalización laboral y económica que en nuestra sociedad representa la maternidad. El real decreto que se propone, rimbombante, reducir «la brecha de género» ha cargado los primeros recortes durísimos sobre las prestaciones de las pensiones de las madres trabajadoras con más de dos hijos.
Se ha puesto, con razón, el foco de atención no solo en la aportación económica que supone el relevo generacional para mantener de algún modo ciertos niveles del estado de bienestar, sino también en el cuidado de los hijos como expresión de un modelo de vida pleno. Es una justa causa frente al cuestionamiento sin concesiones de un modelo tildado peyorativamente de «tradicional» que, en el caso de las familias numerosas, ha llegado a ser acusado de contribuir también al cambio climático…
En un acertado artículo, Ana Rodríguez de Agüero defendía y subrayaba que, si los hijos contienen por sí mismos una esperanza de futuro, es imposible que esta se pueda disociar del amor matrimonial. La llegada de un hijo no cumple solo la vocación de paternidad o maternidad de dos individuos. Más allá de su realización biológica o no, expresa la calidad más profunda del amor. La paternidad no debería ser asunto de uno sino de Dos.
Frente a los tópicos y las caricaturas, el matrimonio «tradicional» testimonia también otro tipo de irreversibilidad. No es solo cuestión de una moral natural negada entre aspavientos, sino también de un compromiso politeico (y por ello religioso).
Suele decirse que los hijos no escogen a sus padres. Aunque parezca paradójico, conviene repetir la obviedad de que tampoco los padres eligen a sus hijos. Una cosa es decidir traer hijos al mundo; otra muy distinta, ese encuentro único e inconmensurable que es ver al hijo o a la hija por primera vez. Como en toda tradición, los unos y los otros no pueden más que, en sucesivas etapas, aceptarse y reconocerse mutuamente.
Pase lo que pase, por terrible que sea (y nuestro mundo juega con trampas estas cartas que ha marcado), nadie puede deshacerse de esos vínculos que no son solo legales y éticos, sino también psicológicos y espirituales. El signo de la alianza entre el padre y la madre, sean buenos o malos, presentes o ausentes, próximos o distantes, es el rostro enigmático que custodia el secreto último de nuestra historia más personal. Dentro de la familia, en ambas direcciones, acontece en toda su densidad humana la experiencia que Emmanuel Lévinas conceptualizó como ‘rostro’: «La expresión que el rostro introduce en el mundo no desafía la debilidad de mis poderes, sino mi poder de poder. […] Lo que quiere decir concretamente: el rostro me habla y por ello me invita a una relación sin paralelo con un poder que se ejerce, ya sea gozo o conocimiento».
Desde hace treinta años estamos asistiendo a una secuencia de medidas que, bajo el trampantojo de la ampliación de derechos, están acorralando no solo la vida familiar sino las libertades individuales más básicas. El modelo «tradicional» ejerce de chivo expiatorio de una transformación social que da al Estado el poder de crear, conceder y dispensar beneficios según él mismo decrete que contribuyen al bien común. Atenas se esfuma bajo la sombra nihilista de una nueva Esparta transhumana.
Tras haber erosionado hasta su práctica demolición la figura paterna, ahora empieza la batalla final en la deconstrucción de la maternidad. Destruido el concepto de la Ley bajo las ruinas de un positivismo extremo, era cuestión de tiempo que se asaltasen también las figuras del deseo femenino. Alienada la mutua protección que su intimidad les procura, ha sido preciso acelerar la destrucción del sentido de paternidad para que la mujer se vea asediada por nuevas formas de servidumbre bajo la excusa del empoderamiento.
«Solas y borrachas» no es simplemente un eslogan enloquecido, sino la expresión de un programa político muy preciso. Polémicas como las que han generado algunos de los puntos del proyecto de Ley Trans no reflejan sino sus contradicciones más profundas. Suprimida la diferencia sexual, toca el turno de negar la diferencia entre «géneros». Solo debería existir el continuo de lo Mismo. Otra vez en palabras tanto simbólicas como literales de Lévinas: «Yo sólo puedo querer matar a un ente absolutamente independiente, a aquel que sobrepasa infinitamente mis poderes y que por ello no se opone a ellos, sino que paraliza el poder mismo de poder». Aborto, eugenesia, eutanasia son esas formas por las que, como habría querido Michel Foucault, «podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena».
El refrán sostiene que «la excepción confirma la regla». Hoy en día a la regla se le exige que confirme la excepción. A la carta o por catálogo, no es extraño que se considere que la excepción de la excepción deba ser erradicada. La familia, huella del origen, se resiste como última línea de playa.
¿Por qué Arwen decide dejarlo todo? ¿Es el amor a Aragorn suficiente para renunciar a la inmortalidad y a su padre, a quien tanto quiere?
Gracias al feminismo radical, las mujeres tienen miedo a ser violentadas físicamente, y los hombres a serlo psicológica y legalmente. Este hecho vicia la relación entre ambos, que es la base de la familia.