Gonzalo Moreno | 24 de diciembre de 2019
La austera alegría del Nacimiento inspiró al sacerdote Joseph Mohr a la hora de componer el villancico «Stille Nacht».
Hace muchos años que la Navidad dejó de ser sencilla. Por eso cuesta dinero -mucho dinero-, salud -con exceso de kilos- y frenesí en todo y con todos. De no ser porque nominalmente nos remite a la natividad de un hombre, podría ser cualquier cosa pagana menos la venida del Hijo de Dios.
Con la misma perplejlidad que Vintila Horia describía en su Dios ha nacido en el exilio a aquellos hombres recios cuando contemplaron algo extraordinario en un pesebre de Belén de Judá, así nosotros vivimos los días de Navidad con una limitación terrible. No por el esfuerzo postizo que nos lleva al límite en nuestra vida familiar, emocional y económica, sino porque no tenemos cabeza ni corazón para nada más. No se trata de todo lo que hacemos -que mucho será bueno y bello-, sino de lo que dejamos por hacer.
En ese dejar de hacer se encuentra la sencillez frente a la complejidad de viajes, organización y expectativas. El silencio, frente al ruido, el bullicio y la palabra permanente. Y la austeridad, frente al derroche de casi todo: comida, ropa y toneladas de plástico y papel que envuelven regalos por doquier; casi todos perfectamente prescindibles.
Esa mirada esencial al Nacimiento ha sido lo que ha movido a los hombres a guardar con celo y para siempre la noche del 24 de diciembre. Ininterrumpida desde hace más de 2.000 años. No solo como el Nacimiento de El Mesías a un mundo cansado de dolor, sino como el nacimiento -con Él- de una nueva humanidad. Y la única manera de recordar -pasar por el corazón- aquel momento extraordinario es hacerlo como lo que fue. Un estallido de amor; en la pobreza de lo más vulnerable, un niño, desposeído de todo. Desde una cama hasta el paritorio. Ante tal cuadro solo caber callar, reconocer la sencillez y vivir con alegría la austeridad de un regalo infinito.
Fue contemplando esas imágenes del Misterio, en 1816, como el sacerdote austríaco Joseph Mohr quiso poner en verso lo que significó el primer belén. Y captar en unas sencillas estrofas, al alcance de todos, el momento en que Dios decidió entrar en la historia. Fue el nacimiento del villancico Stille Nacht (Noche de Paz) en Mariapfarr, en el corazón de los Alpes austriacos. En aquella versión original en alemán -algo que le costó a Mohr enfrentarse a la jerarquía, porque los oratorios de Adviento y Navidad solían ser en latín- no se hablaba de paz ni de amor, sino de silencio y santidad. El momento anterior a la llamada, la espera por un mundo nuevo.
De las manos de aquel cura católico de pueblo saldría un texto prodigioso, que llegaría hasta los confines del mundo traducido a más de 300 idiomas y con innumerables versiones. Stille Nacht es preciso por esencial; pero, además, es profético y paradójico, porque Europa y el mundo encararían poco después la época más sangrienta de su historia. Historia que terminaría con las estremecedoras guerras europeas del siglo XX. En una de las cuales, el villancico de Mohr sirvió para arrojar un rayo de luz en el frente embarrado sobre suelo belga cuando ingleses y alemanes se reconocieron en él como hermanos europeos y cristianos.
Al texto de Mohr, su amigo el organista Franz Xaver Gruber le pondría melodía para ser cantado a capella o con un acompañamiento sencillo. Así fue la primera interpretación de 1818, en la iglesia parroquial de Arnsdorf, una pedanía de Salzburgo, cantada por el coro y acompañada por la guitarra de Mohr. Fue después de la Misa del Gallo y frente al belén de la iglesia.
Pese a lo que podamos algodonar la historia del Noche de Paz, nacida en un pueblo alpino cuajado de nieve, las vidas de Mohr y Gruber fueron ásperas y sufridas. El primero, con una salud extremadamente frágil, entregado a la evangelización del pueblo, enfrentado a sus superiores y luchando por renovar, a través de la educación y el arte, el lenguaje de la Iglesia. El segundo enterró a dos esposas y, de sus catorce hijos, solo cuatro llegaron a la edad adulta. Los dos, sin embargo, volaron por encima de sus miserias humanas, para poner belleza y teología a un himno inmortal.
Durante estos días, tendremos que pasar por el inevitable rito de la Navidad del consumo. Pero hay una diferencia entre pasar por ella y dejar que ese festival de estímulos nos atrape sin remedio. Para ello, meditar las estrofas del Stille Nacht nos devolverá a la sencillez de las cosas pequeñas. Al silencio que deja hablar al corazón y a la necesaria austeridad que ordena los sentidos.
Vivimos en una sociedad donde el consumismo tiene cada vez mayor presencia. En estas fechas, en las que todo parece girar en torno a regalos, fiestas y adornos, es necesario recordar el verdadero significado de la Navidad. La Navidad es Jesús.
Debemos preguntarnos qué significan estas fiestas y qué nos puede ayudar a comprenderlas mejor. Cinco libros para entender la Navidad. Desde Köhler a Sartre, pasando por Von Balthasar, Guardini hasta llegar a Benedicto XVI.