Justino Sinova | 26 de noviembre de 2018
Cuando Felipe González obtuvo en 1982 la apabullante mayoría absoluta de 202 diputados reconoció que le habían apoyado tres millones de votantes ajenos. Se vio beneficiado por una feroz campaña contra Adolfo Suárez primero, contra Leopoldo Calvo-Sotelo después -o sea, contra la UCD, destruida pese al éxito de la Transición-, y por un deseo social de cambio no siempre bien entendido ni bien explicado. En el zafarrancho de combate para asaltar La Moncloa, González ofreció sacar a España de la OTAN, en la que había ingresado por gestión de su antecesor, pero una vez en la Presidencia entendió que lo que convenía era permanecer, y transformó el referéndum que había prometido para salir en una consulta para seguir. El día que declaró, para pasmo de todos, que “ojalá los españoles comprendan las ventajas de la permanencia en la OTAN” se evidenció su travesía desde unos tics radicales y excesivos a un acercamiento a la moderación. Los tres millones de “votos prestados” y el peso de la responsabilidad le abrieron los ojos. González abandonó entonces viejas ideas montoneras. Perdió el poder en el año 13 de los 25 que se había fijado como objetivo, por culpa de una desatada corrupción y aquel nefasto plan del GAL para replicar a los etarras con sus mismas armas. Pero en lo demás hizo del PSOE un partido templado, retirado de la izquierda radical (no quiso saber nada del Partido Comunista de Santiago Carrillo y borró toda referencia al marxismo), ubicado en la corriente socialdemócrata europeísta.
Un Gobierno a trompicones. 100 días de bandazos para Pedro Sánchez
Treinta años después, Pedro Sánchez nada tiene que ver con aquel González ni su partido parece un descendiente de aquel PSOE. Al contrario, es su antítesis desvelada en tres principales detalles de los muchos en los que manifiesta su infeliz metamorfosis: ha perdido el 60% de apoyo popular desde aquella cima felipista (votos moderados han huido), se ha aliado con los enemigos del sistema y de la democracia para alcanzar la Presidencia del Gobierno (los golpistas catalanes que han atentado contra la Constitución, los filoetarras que dispararon contra inocentes para tumbar la democracia y los continuadores de los comunistas, con un Pablo Iglesias para quien Carrillo era un “comunista de derechas”, fabuloso oxímoron, que buscan acabar con el sistema del 78), y gobierna sin programa a golpe de decreto y de ocurrencias. Tiene el ideario tan oscuro como diáfano lo tenía González. Un día anuncia un proyecto y al día siguiente lo rectifica; negocia con el golpista Quim Torra, a quien llamó racista, pero no con Pablo Casado, responsable del partido más votado, ni con Albert Rivera, cuyo favor pretendió antaño; firma con los populistas un bosquejo de ley presupuestaria que se sale de la senda europea; se niega a comparecer en el Congreso por su tesis doctoral plagiada (se entiende el bochorno pero no se salva la infracción parlamentaria); asume la reforma laboral de Mariano Rajoy, tras despreciarla y condenarla hace unos meses; se empeña en seguir persiguiendo el cadáver de Franco, cuya imagen ha rescatado del olvido; prepara el terreno para indultar a los golpistas catalanes; realiza un inusitado y embarullado rally de visitas internacionales; proyecta una subida inusitada de tributos y pone en marcha un impuesto digital que ha preocupado hasta a Donald Trump… Ahora alude a un adelanto electoral, pero en lo que parece más bien una amenaza a sus socios antiespañoles para que apoyen sus cuentas ante la posibilidad de que el centro derecha lo saque del poder.
La política de Sánchez es un espectáculo de improvisaciones y, por eso, un doloroso riesgo para el presente y para el futuro. Esas performances, si continúan, van a exigir años de recomposición y enmienda. Cuando subió a La Moncloa tan desenvuelto, tan suficiente y tan campante tras una moción de censura con apoyos inverosímiles, quedaba una posibilidad de reacción juiciosa en el partido. Pero hoy comprobamos que el PSOE ha dimitido ante ese líder que maniobra dispuesto a superar las aventuras, hoy tan lamentadas, de José Luis Rodríguez Zapatero. A González no se le encuentra más que en pequeñas advertencias (“hay que saber si el diálogo conduce a algo”, “Iglesias no me gusta”), Emiliano García-Page es de los pocos que, suavemente, pide sensatez (“se deberían prohibir los indultos por rebelión y sedición”), pero callan casi todos los que hoy podrían apelar a la responsabilidad, a la moderación, a la prudencia y a la fidelidad al valor de la democracia. ¿Dónde está aquel Partido Socialista? Se le aguarda, sí, ¿pero va a tener alguna respuesta la espera?
Quim Torra ha ordenado descolgar los lazos amarillos de los edificios públicos. El presidente de la Generalitat dispara para seguir haciendo ruido y se esconde tras el humo. Sánchez no da la cara y es el Poder Judicial el que defiende el Estado de derecho.