
Juan Milián Querol | 24 de febrero de 2021
Tras la moción de censura que llevó a Sánchez al poder de la mano de los independentistas, este se esmeró en redibujar las dos Españas, la izquierda y la derecha irreconciliables, y extendió la discordia catalana al resto de la nación.
Fueron innumerables los ataques de Pedro Sánchez a Podemos, tantos como promesas de no pactar con ellos. En octubre de 2019, preguntaba a una audiencia tinerfeña: «¿Os imagináis, amigos, esta crisis en Cataluña con la mitad del Gobierno defendiendo la Constitución y la otra mitad del Gobierno, con Podemos dentro, diciendo que hay presos políticos en Cataluña y defendiendo el derecho a la autodeterminación en Cataluña? ¿Dónde estaría España? ¿Y dónde estaría la izquierda?». No hacía falta imaginar; bastaba con esperar unas pocas semanas para que materializaran el pacto del insomnio. ¿Dónde está España? Está en la discordia, entre otras razones, porque gracias al PSOE el comunismo está en el poder hablando de presos políticos y de autodeterminación. Sin embargo, mientras el vicepresidente Pablo Iglesias lleva a la práctica los temores del candidato Sánchez y desprestigia nuestra democracia ante el mundo entero, el presidente Sánchez duerme a pierna a suelta, como si nada. ¿Dónde está la izquierda?
El profesor y columnista David Jiménez Torres reflexiona en el libro 2017 (editorial Deusto) sobre las causas y las consecuencias del proceso separatista catalán, y denuncia que el PSOE esté gobernando «la España posterior a 2017 como si 2017 nunca hubiera sucedido. Es decir, como si la enorme crisis que el país acababa de vivir no animase a revisar las estrategias y los discursos de las décadas anteriores». Tras la moción de censura que llevó a Sánchez al poder de la mano de los independentistas, este se esmeró en redibujar las dos Españas, la izquierda y la derecha irreconciliables, y extendió la discordia catalana al resto de la nación. El agudo ensayo de Jiménez Torres se ha publicado justo antes de las elecciones catalanas del pasado 14 de febrero, pero nos ofrece algunas claves para entender por qué la victoria se la llevó el partido del sofá y por qué esta abstención fue asimétrica, perjudicando especialmente a los constitucionalistas. El Gobierno de España no solo los había abandonado, también los había desactivado al blanquear la sedición pasada y al despreciar la amenaza futura. Regresa, pues, aquel error fatal que fue el «no se atreverán», pero con una agravante: sabemos que se atrevieron y que prometen volverlo a hacer. Se reactiva el procés, pero Sánchez calla y otorga, como si los golpes a la democracia fueran una simple ensoñación. Como si nada.
Ante el vacío de autoridad, vuelven a arder las calles de Barcelona. No hace tanto las quemaban en nombre de la democracia aquellos que precisamente pretendían derribar la democracia. Ahora se suman aquellos que, en nombre de la libertad de expresión, aplauden al violento que agrede a periodistas y amenaza de muerte al que piensa diferente. Es la coherencia de los revolucionarios de pacotilla. Así, el comunista Pablo Hasél y otros ninis vocacionales se dedican a destruir el futuro de miles de trabajadores. ¿Quién se atreverá a invertir en esta Cataluña desgobernada por el populismo multicolor? Narcisistas hasta la psicopatía política, ni les importan las libertades, de las que abusan, ni la realidad de los más vulnerables, a quienes desprecian. Hasél y sus amigos son hijos de entornos acomodados que se presentan como víctimas para apropiarse de una superioridad moral que no merecen ni por su trabajo, ni por su intelecto. Y lo peor es que esta barbarie está amparada o alentada desde el poder. Junts per Catalunya apunta a los Mossos d’esquadra, como si no estuvieran al mando de la Consejería de Interior. El portavoz de Podemos, Pablo Echenique, jalea a los jóvenes delincuentes con su particular «apreteu, apreteu». Es la revolución desde el poder y contra el pueblo, pero ante la fiesta de la destrucción, Sánchez, como si nada.
Algunos por resentimiento, otros por diversión, todos brincan encima de un suelo que poco a poco va cediendo. Y no tienen la menor idea de lo que se esconde debajoDouglas Murray, escritor y periodista
Noche tras noche, la violencia comunista ha destruido mobiliario urbano y saqueado comercios. Barcelona, una vez más, ha sido asaltada por alguna variante del fanatismo. Pocos parecen haber leído la advertencia de Douglas Murray sobre las retóricas divisivas: «Algunos por resentimiento, otros por diversión, todos brincan encima de un suelo que poco a poco va cediendo. Y no tienen la menor idea de lo que se esconde debajo». La amarga decadencia, que ya está en marcha, se acelera por el procés separatista, por los malos gobiernos y por la pandemia, pero hunde sus raíces en una profunda crisis de valores. Los pacientes restauradores y comerciantes han sufrido la pésima gestión política de quienes no han querido o sabido conjugar salud y trabajo. Y ahora, cuando algunos habían podido levantar la persiana, les rompen los escaparates a pedradas y les roban el futuro. La desesperación es íntima y la reacción es tímida, porque saben que la cultura imperante les va en contra. Son demasiados años de irresponsabilidad subvencionada. Quizá debieron haber levantado la voz antes. A la convivencia le quedan ya pocos mimbres. Cataluña solo es la avanzadilla de lo que sucederá en toda España, entre otros motivos, porque para el peor presidente de la actual democracia nada pasó en 2017 y nada pasa hoy; pero si nada cambia, nada quedará.
Nuestros actuales dirigentes políticos nos están conduciendo a esa situación de (mala) cabeza, cuesta abajo y sin (casi) frenos internos, suyos y de la sociedad española, por acción o dejación dolosa.
La anormalidad política en que vivimos no es más que un fruto maduro de la normalidad democrática del sistema liberal. Y en ese sentido, no podemos coincidir con Pablo Iglesias, pues España vive en la normalidad de la democracia liberal.